La lluvia, inigualable, me inunda con su imponente aroma, que baña los suelos y se impregna en el ambiente. Me sacude el desorden con el que cae, pero me atrapa por alguna razón, la desprolijidad con la que se presenta en los charcos de barro por algún motivo hace que me detenga a mirarlos, la desesperación que suele causar en la gente haciendo que comiencen a correr como si el cielo estuviera a punto de caerse, sin detenerse a mirar el panorama, sin pensar más allá de lo incómodo de la lluvia mojando las ropas, sin sentir más allá de sus bienes y cuanta otra cosa logra casi molestarme, pero no es el cuadro de desesperación que se me presenta ante los ojos lo que me molesta, no, es lo que la gente no percibe lo que me llega con sabor amargo y me digo para mis adentros - A mi la lluvia me enamora, me moviliza- al mismo tiempo en que me sostengo el centro del pecho, como queriendo evitar que el corazón se me escape del cuerpo, queriendo retenerlo ahí mismito, intentando convencerme de algún modo y reafirmar algo que sólo aprecio de una manera, ¡mentira! ¡de 1000 maneras diferentes!. Pero todas desembocan en el movimiento, en la inmensidad. Y cuando algo es demasiado inmenso se le hace necesario a uno el compartirlo. Lo inexplicable que suele serme me hace querer transmitirlo y ya no puedo quedarme sólo en eso. Ahora preciso ponerle palabras, encontrarle significado a tanto significante.¡Todos esos no sé qués, que sí sé qués! Todos me los produce la lluvia,y es en parte mi tarea el transmitirlos, esos que no todos ven, que no todos conocen.
Voy aprendiendo a inmortalizar el caos de la lluvia en palabras, al menos desde donde lo aprecian mis ojos, desde mi humilde mirada.
Amemos la lluvia ¿y por qué no al caos en sí?
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