martes, 3 de enero de 2017

Hilo de luz.

Luces en degrades, miles de matices...
Ese hilito de luz que acaricia mi mano al escribir...
Un campo regado de luciérnagas...
Todo cabía en esa noche, nada escapaba.
Ni la lluvia quiso ausentarse. 

En sintonía se movía la sombra,
la sombra de la luz, 
de la luz del fuego,
del fuego de las velas,
de las velas posadas 
azarosamente por el lugar.

El cielo, impaciente
por querer sumarse a la velada,
tronaba de a ratos, 
haciéndonos sentir tan minúsculos,
tan efímeros y tan eternos a la vez,
hermosa contrariedad la que nos invade.

lunes, 2 de enero de 2017

DÍA DE ZONDA



El zonda, abrupto. Destierra lo que solía estar sobre las vigas aledañas al viejo pueblo,donde se hace innegable la soledad. Paredes manchados por irreconocibles pinturas, descascaradas, postales de lo que supo ser una esquina poli-cromática que hoy sucumben ante una gama de grises. Una mujer vaga por el lugar, va buscando quién sabe qué, su cara no dice mucho más que ese día poco le importó levantarse. Lleva consigo un bolso viejo, remendado en las tiras. Parece pesado.


El viento le vuela el poco pelo que le queda recogido, pero ella camina como si nada pasara, como si todo estuviera bien. Sus ojeras la delatan, sus pies cansados como si pesaran más de la cuenta.
Nadie sospecharía que pasó horas caminando, huyendo de su familia, de sus demonios.
La noche no se la hizo fácil, solo le trajo más pesares con esos dos tipos que le insinuaron unos mangos con tal de que se fuera con ellos a pasar un rato. Tuvo que ponerse firme para que entendieran que sólo quería seguir sola.

La mujer dobla la esquina, a paso lento pero seguro, sabe cuánto le ha costado escapar, de la rutina, de las presiones, de toxicidades que solo la iban consumiendo cada vez más, y por todo esto no va a disminuir la velocidad, no va a abandonar la constancia.
Poca gente transita las veredas esa mañana temprano. Una señora mayor que ingresa a la verdulería a la misma hora que todas las mañanas, los mismos tipos, con la misma nostalgia vacía, comparten el café de siempre y recuerdan anécdotas (reales o inventadas) para sentirse mejor, la dueña de la tienda de ropa espera enojada e impaciente la llegada de su empleada para que le abra la persiana. Algunas cosas nunca cambian.

Por la vereda de enfrente, un hombre de ojos grandes y pelo ordinario la observa, pareciera caminar a su paso, como si la siguiera, como si la protegiera. Ella no se ha percatado aún. 
Sin percatarse de tantos detalles, la mujer pasa por la cuadra como si nada, tanto drama brusco y obsceno ha terminado con su poesía, esa que solía cargar años atrás, antes de entender que no era quien creía, antes de conocerse.
Tarde o temprano entenderá (tal vez) que todo cambio es necesario.

Rabillo

Nunca me veo a mí misma entrecerrando los ojos a causa del brillante sol,
nunca contemplo las muecas de mi rostro al reír a carcajadas.
Sólo vos podés/hacés que se vuelva real ese intercambio.

Permanente y preciosa la mirada que apoyas en mi piel.

Inmensidad

Lo peor es que el sigue teniendo ese acento de lluvia al besar, ese gustito a etéreo.

La lluvia y su no sé qué.


La lluvia, inigualable, me inunda con su imponente aroma, que baña los suelos y se impregna en el ambiente. Me sacude el desorden con el que cae, pero me atrapa por alguna razón, la desprolijidad con la que se presenta en los charcos de barro por algún motivo hace que me detenga a mirarlos, la desesperación que suele causar en la gente haciendo que comiencen a correr como si el cielo estuviera a punto de caerse, sin detenerse a mirar el panorama, sin pensar más allá de lo incómodo de la lluvia mojando las ropas, sin sentir más allá de sus bienes y cuanta otra cosa logra casi molestarme, pero no es el cuadro de desesperación que se me presenta ante los ojos lo que me molesta, no, es lo que la gente no percibe lo que me llega con sabor amargo y me digo para mis adentros - A mi la lluvia me enamora, me moviliza- al mismo tiempo en que me sostengo el centro del pecho, como queriendo evitar que el corazón se me escape del cuerpo, queriendo retenerlo ahí mismito, intentando convencerme de algún modo y reafirmar algo que sólo aprecio de una manera, ¡mentira! ¡de 1000 maneras diferentes!. Pero todas desembocan en el movimiento, en la inmensidad. Y cuando algo es demasiado inmenso se le hace necesario a uno el compartirlo. Lo inexplicable que suele serme me hace querer transmitirlo y ya no puedo quedarme sólo en eso. Ahora preciso ponerle palabras, encontrarle significado a tanto significante.¡Todos esos no sé qués, que sí sé qués! Todos me los produce la lluvia,y es en parte mi tarea el transmitirlos, esos que no todos ven, que no todos conocen.
Voy aprendiendo a inmortalizar el caos de la lluvia en palabras, al menos desde donde lo aprecian mis ojos, desde mi humilde mirada. 

                             Amemos la lluvia ¿y por qué no al caos en sí?