Las copas de los árboles parecían volar casi tan alto como nosotros.
Los miedos se volvían fortalezas, las maravillosas utopías de hace unos días atrás, cobraban vida, y se metían en la carne, en nuestro ahora, en la más pura realidad, que ya no era avasallante, sino que barajaba a nuestro favor.
Las ventanas nos mostraban otra pintura, el sueño de algún poeta soñador, de un escultor ambicioso, de un Dios nunca antes alabado. El paso se abría para que lo caminemos, pero sólo cuando nuestras
miradas/almas como cíclope se cruzaban, se razgaban los huesos y se dejaban atravesar para volverse invencibles, ante una sociedad que creía tener la ventaja en este recorrido que llaman vida. Sin darnos cuenta, le ganábamos por goleada. Pero eso no era lo que más importaba, porque el sólo hecho de sentirnos eternos nos colmaba el alma-el ser-la esencia.