Todo solía decantar en la nada, en un pozo sin fondo, un agujero negro del que nada escapaba jamás. Los días transcurrían lentos, las noches fugaces. El tiempo parecía correr a toda velocidad cuando la mayoría de las personas dormía en aquel barrio, digo la mayoría porque Sara era la excepción. Ella desvelada, contemplaba las estrellas. El simple hecho de estar haciéndolo era, para la joven, un misterio. ¿cuánto misterio significaba el firmamento? ¿cuántas dudas habrá generado esa celestial imagen a lo largo de los siglos? ¿cuántas bocas se habrán encontrado, por vez primera, bajo esa sábana ancestral de luciérnagas, a miles y miles de kilómetros de acá pero a la vez tan cerca de nosotros? ¿cuántas preguntas habrá respondido ese cielo que pareciera no decir nada y a la vez decirlo todo? Infinidad de cuerpos se habrán vuelto uno sólo, teniendo como confidente a este indiscutible luminoso.
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